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“El recorrido realizado permitió acceder a la trama invisible que configura la experiencia laboral en las escuelas: una red de tensiones, silencios y modos de sostén que no siempre logran transformarse en prácticas colectivas de apoyo. Más que describir un conjunto de dificultades, este estudio permitió adentrarse en la lógica que organiza el trabajo educativo y en las marcas que dicha lógica deja en quienes lo encarnan día a día. Lo que se reveló no fue un problema circunstancial, sino una forma de organizar la vida escolar que deja poco margen para procesar aquello que excede la tarea técnica y se inscribe en la dimensión subjetiva del trabajo. (…)

Allí donde debería haber un espacio transicional en el sentido más amplio del término aparece, en cambio, una exigencia constante que obliga a resolver sin poder pensar, a actuar sin pausas, a responder sin contar con un sostén.

En este contexto, las manifestaciones observadas en el campo empírico adquieren otra lectura: no son signos aislados, sino expresiones de una organización que no ofrece ámbitos donde compartir la carga afectiva del trabajo. Los gestos tensos, los silencios prolongados, los intercambios breves y urgidos, la fragmentación del equipo, funcionan como indicadores de que aquello que debería circular como palabra queda comprimido en los cuerpos. Esta falta de espacios de análisis no solo limita la creatividad pedagógica, sino que interfiere con la capacidad de resignificar la tarea y encontrarle un sentido más allá de la urgencia cotidiana.

Desde esta perspectiva, se vuelve indispensable unx profesional que pueda operar en el borde entre lo subjetivo y lo colectivo. No se trata de anexar una figura más al entramado escolar, sino de introducir un pensamiento que habilite otros modos de habitar el trabajo”. El psicólogo o la psicóloga “con orientación institucional puede generar condiciones para que la complejidad afectiva del quehacer educativo encuentre un canal de elaboración, devolviendo a los equipos un lugar de palabra que hoy no pueden ocupar. Su función, lejos de medicalizar la escena escolar, apunta a reconfigurar los vínculos, fortalecer los lazos y reintroducir la dimensión simbólica que posibilita que un grupo se constituya como tal.

Este estudio invita también a revisar los supuestos que sostienen las prácticas educativas contemporáneas. La idea de que cada” trabajador o trabajadora “debe resolver por sí solo las tensiones derivadas de su tarea es una ficción que desconoce la naturaleza relacional del trabajo escolar. Si lo pedagógico implica siempre un encuentro entre subjetividades, entonces el cuidado de quienes llevan adelante ese encuentro no puede quedar librado a estrategias aisladas ni a la buena voluntad. Se requiere una política sostenida que asuma que el bienestar laboral no es un aspecto accesorio, sino la base misma de cualquier proyecto educativo viable.

La reflexión final no puede limitarse a constatar carencias; debe abrir interrogantes que orienten transformaciones futuras. ¿Qué condiciones necesitamos crear para que la palabra circule y no quede capturada por la urgencia? ¿Cómo reconstruir un colectivo de trabajo que pueda alojar la incertidumbre sin padecerla? ¿Qué formas de organización permiten que el acto educativo mantenga su potencia creadora, incluso en contextos adversos? Estas preguntas no buscan cerrar el análisis, sino abrir una ética del cuidado que atraviese todas las capas del sistema escolar.

En última instancia, la escuela es un espacio donde se produce subjetividad. Allí se transmiten saberes, pero también modos de estar con otros, maneras de lidiar con los límites, formas de construir sentido. Para que esto sea posible, quienes sostienen ese trabajo necesitan, a su vez, ser sostenidos. Reconocer esta verdad elemental es un gesto político y, al mismo tiempo, profundamente humano.

Cuidar a quienes enseñan no es un privilegio; es el punto de partida para imaginar una educación que haga lugar al pensamiento, a la creación y al encuentro. Una educación que no solo forme alumnos, sino que también cuide el trabajo de quienes, todos los días, hacen que la escuela exista”.


Extracto del trabajo final de la Licenciatura en Psicología: Baiz, L. E. (2026). Entre las aulas y el abismo: la necesidad de psicólogos en el aula ante el malestar docente. RID ISALUD.

Ver texto completo: http://rid.isalud.edu.ar/handle/1/4202